Por Esteban Mauricio Soria
Aeroplane es una de las propuestas más reveladoras
del año. El nuevo álbum de Connie Lansberg junto al experimentado
guitarrista, Brad Rabuchin, está previsto para este año y tiene
la particularidad de que fue grabado en una única jornada en Pasadena. Aquí en
la Revista Soundloop te contamos todos los detalles.
Cuando la música sucede
El concepto detrás de Aeroplane tiene una voz y una
guitarra como protagonistas de este recorrido musical, nada más. Ocho horas de
estudio, una sola sesión, sin overdubs ni segundas tomas. En términos de
producción, esto implica una estética cercana al jazz más tradicional, pero
también a cierta filosofía del “registro vivo” que remite a grabaciones
históricas del género.
La química entre Lansberg —una de las voces más escuchadas
del jazz australiano— y Rabuchin —conocido por haber sido el último guitarrista
en girar con Ray Charles— es una interacción cuidada, armónica y maravillosa,
una magia que solo sucede cuando hay música y artistas sensibles de por medio.
Una poética de sanación
Aeroplane está compuesto por siete canciones
originales más un cover del tema “What Was I Made For?” de Billie Eilish.
Sus letras giran, de manera consistente, en torno a un mismo
eje temático: la memoria, el trauma y la sanación. No se trata de un álbum
conceptual en el sentido clásico, pero sí de una unidad poética donde cada
canción trabaja sobre una misma pregunta: ¿qué queda de nosotros después de
olvidar quiénes fuimos?
“Aeroplane”: el olvido como
caída
La canción que da nombre al disco tiene una metáfora
potente: olvidar que uno tiene alas. La pérdida de identidad, el trauma y la
lenta reconstrucción del yo aparecen envueltos en imágenes de vuelo y libertad.
La caída inicial (“a very bad fall”) no es solo física, sino también
identitaria. El sujeto pierde la memoria de sí mismo, y con ella, su capacidad
de trascender.
Aquí aparece una resonancia clara con el mito de Ícaro, pero
invertido: no es el exceso de vuelo lo que provoca la caída, sino la
imposibilidad de recordar que volar era posible. La fascinación por aves,
mariposas y aviones refuerza ese deseo latente de libertad.
“Broken Doll”: reparación y
culpa
Aquí, la figura de una muñeca rota es un símbolo de lo
dañado y lo abandonado. La voz de Lansberg se mueve entre la ternura y la
inquietud, mientras la letra nos pregunta: ¿cuántas veces intentamos reparar lo
irreparable? La canción nos sugiere que no todo puede ser restaurado sin un
costo.
“Everything Ends Up in the River”: tragedia y destino
La canción desarrolla una poética que tiene algo de realismo
con un tono fatalista, donde el río se convierte en un símbolo de lo
inevitable. La estructura recuerda a ciertas baladas oscuras del folk
norteamericano. El río funciona como símbolo de arrastre en línea con
imaginarios que van desde Huckleberry Finn hasta ciertas narrativas del gótico
sureño.
Pero lo más potente es la construcción del personaje
masculino: un sujeto atravesado por la vergüenza y la frustración, cuya
violencia se insinúa antes de concretarse.
“Heart of Stone”: una defensa
ante la vida
En esta canción aparece una de las ideas centrales del disco:
la construcción de una coraza como un mecanismo de supervivencia. El “corazón
de piedra” protege, pero también aísla.
El giro hacia el final cuando la piedra se erosiona y
deviene arena nos muestra que el contacto con el otro (“heart of water”)
transforma la materia. Amar implica, inevitablemente, volverse vulnerable.
“Starlight and Gold”: la
memoria como un residuo
Esta canción trabaja sobre la memoria afectiva desde una
estética casi impresionista. Las imágenes —fuego, cenizas, metal— construyen
una poética del residuo: lo que queda después de la experiencia. El amor
aparece como algo que no desaparece, sino que se transforma en una huella.
“The Way to You”: una ética
del vínculo
En contraste con el tono más oscuro de otras canciones, The
way to you introduce una dimensión más reconciliadora. La distancia entre
los sujetos (“the distance in between the lies”) no puede ser resuelta por el
lenguaje, sino por la compasión, en donde la empatía se establece como una
forma de conocimiento del otro.
“You Don’t Know Me”: el final
El cierre del disco es quizás el momento más interesante
desde lo conceptual. La voz que observa, escucha y comprende al otro termina
revelando su identidad: “I am you”.
El álbum termina, así, en un proceso de autoconocimiento. El
problema no era solo el dolor o el trauma, sino que el primer paso hacia
cualquier transformación o superación es, precisamente, escuchar esa voz que
siempre fue propia.
La transformación emocional
como eje
Más allá de lo musical, el proyecto de Lansberg está
atravesado por una dimensión particular: su trabajo como “sound healer”. Su
estilo, denominado Transformational Entertainment™, propone que la
música puede movilizar emociones reprimidas y procesos internos.
La belleza de lo irrepetible
Si Lansberg construye el universo narrativo, Rabuchin lo
sostiene con su guitarra. Su trayectoria —que incluye colaboraciones con
artistas como Stevie Wonder o Willie Nelson— se traduce en una ejecución
sensible, magistral y precisa, acompañando la dulce y expresiva voz de
Lansberg.
El álbum deslumbra por la fluidez de la música, esa magia
que se produce un instante, entre el diálogo entre una voz y una guitarra. Como
un susurro en medio del ruido, Aeroplane deja flotando una certeza: a
veces, lo más “simple” es también lo más verdadero.



