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La búsqueda de un horizonte que siempre permanece en movimiento: Golden Age, el nuevo disco de On Mercury

REVISTA SOUNDLOOP | NUEVA RESEÑA


El tercer álbum del proyecto musical liderado por de Spence deBry ya está disponible. Bajo el título Golden Age, el músico estadounidense nos regala una colección de 16 canciones escritas durante dos años intensos de producción y grabación.

Por Esteban Mauricio Soria

 

Todo un viaje musical

Golden Age el resultado de un largo proceso desarrollado íntegramente por Spence deBry desde su estudio casero en Sandy, Utah. Las canciones nacieron a partir de pequeñas ideas registradas en notas de voz, riffs de guitarra improvisados o melodías que fueron creciendo lentamente.

El artista explica que el álbum es la música que imaginaba cada mañana al despertar, a través de incontables sesiones de grabación, mezcla y experimentación. El impulso definitivo para comenzar la etapa de producción llegó gracias a una conversación con su vecina, Kim, violinista que además participa en "Between Our Voices" y "Echoes in the Valley", mientras que otro invitado, Hector, suma su armónica en "Fast Town".

Aunque DeBry reconoce la influencia de Lord Huron, especialmente en el uso de capas instrumentales y en las decisiones de producción, Golden Age mantiene una personalidad propia y coherente a lo largo del disco.

Un disco lleno de historias

Golden Age aborda temas como el amor, el arrepentimiento y la esperanza. Más allá de limitarse a un único estilo, las dieciséis canciones presentan una amplia variedad de colores musicales que buscan mantener la sorpresa durante toda la escucha, convirtiendo al disco en un compañero ideal para viajes largos por carretera.

El camino como una forma de identidad

Si existe una idea que atraviesa las dieciséis canciones es la de que la vida no puede entenderse como un camino hacia una versión perfecta de uno mismo, sino como un recorrido donde las heridas, las pérdidas y los errores terminan definiendo la vida. Spence deBry nos muestra un universo lleno de viajeros, fugitivos, amantes, pecadores y soñadores que avanzan por la vida sin certezas, pero que encuentran sentido precisamente en seguir adelante. Sus protagonistas rara vez permanecen quietos: conducen por carreteras interminables, cruzan desiertos, recorren pueblos, observan el océano o ascienden montañas.

En "Sinner's Soothe", el protagonista acepta su condición de pecador sin buscar una absolución inmediata. La culpa existe, pero también existe el placer de vivir. El pecado deja de ser únicamente una caída moral para ser una parte inseparable de la experiencia. La redención no figura como un premio reservado para los puros, sino como una posibilidad abierta incluso para aquellos que cargan con sus contradicciones.

Ese mismo conflicto reaparece en "Six Shooter", donde las imágenes del revólver, la justicia divina y la violencia del viejo oeste cristalizan la existencia en un permanente juicio moral. Cada disparo representa una nueva oportunidad, pero también un nuevo fracaso posible. La salvación nunca está garantizada.

En "Wild-Eyed Hurricane", el protagonista ya ni siquiera intenta escapar de su naturaleza. Es un hombre moldeado por las tormentas, dividido entre el cielo y el infierno, que reconoce que toda verdad personal nace de las ruinas que ha dejado atrás.

El disco empieza así estableciendo una idea central: las personas no son el resultado de sus victorias, sino de aquello que sobrevivieron.

 

La edad dorada como un instante de la vida, no como una época

El título del álbum podría sugerir una celebración de un pasado idealizado. Sin embargo, "Golden Age" propone exactamente lo contrario. La llamada "edad dorada" no es un período histórico ni una juventud perfecta. Es un instante compartido con alguien amado, consciente de que será pasajero. La canción acepta que el tiempo desgasta los recuerdos igual que el mar erosiona la costa, pero precisamente por esa inestabilidad cada momento adquiere un valor extraordinario.

La felicidad existe porque es efímera. Esta idea dialoga con gran parte del álbum: los mejores momentos nunca pueden conservarse para siempre, pero sí pueden transformar a aquellos que los vivieron.

La pérdida como una presencia constante

Después de las primeras cuatro canciones, muchas canciones profundizan en distintas formas de la ausencia.

En "Lap After Line", la carrera automovilística deja de ser una competencia deportiva para transformarse en una persecución imposible de alguien que ya no está. Dar vueltas sobre el circuito es como quedar atrapado dentro del recuerdo.

Algo similar sucede en "Lost Horizont", donde el paisaje desértico refleja una mente incapaz de abandonar el fantasma de las emociones. El horizonte nunca se alcanza porque el objetivo ya pertenece al pasado. El viaje continúa únicamente porque detenerse significaría aceptar definitivamente la pérdida.

En "Echoes in the Valley", el duelo adquiere un tono todavía más reflexivo. La montaña y el valle representan la distancia entre los vivos y quienes ya partieron. La voz poética entiende que algún día volverá a encontrarse con esa persona, aunque todavía no sea el momento.

Por su parte, "My Gravity" utiliza imágenes astronómicas para describir el vacío que deja alguien cuya presencia organizaba la vida del protagonista. Sin esa fuerza gravitacional, el mundo pierde el norte y cada objeto parece flotar sin sentido.

Finalmente, "Tides" cierra el álbum mostrando que el recuerdo nunca desaparece del todo. Como las mareas, la memoria se acerca y se aleja constantemente. El dolor no concluye, simplemente aprende a convivir con quien lo experimenta.

La dificultad de conectar con los demás

Otro de los grandes ejes del disco es la fragilidad de los vínculos.

En "Between Our Voices", dos personas permanecen extraordinariamente cerca y, sin embargo, emocionalmente separadas por una distancia imposible de atravesar. El espacio entre ambos se transforma en un lugar simbólico donde habitan todas las palabras que nunca llegaron a pronunciarse.

"The Pelican" es el contrapunto de esa idea. Allí, aparece un refugio donde el mundo exterior deja de importar y el amor consigue suspender momentáneamente la vida cotidiana. No es casual que la naturaleza vuelva a ocupar un papel central: el bosque, el mar y la noche ofrecen el único lugar donde la intimidad parece posible.

En cambio, "What People Do" presenta la cara opuesta de las relaciones humanas. La confianza aparece como algo inevitablemente endeble frente al egoísmo, la traición y la volatilidad de las promesas. El disco reconoce que las personas pueden ser un lugar donde confiar, pero también la fuente de las heridas más profundas.

Una sociedad desorientada

Aunque el álbum está dominado por experiencias individuales, también se reserva un espacio para una mirada social.

En "The Fallout", las múltiples identidades que las personas desean adoptar revelan un mundo donde el poder, la moral y la ambición parecen intercambiables. Nadie ocupa un rol fijo; todos buscan convertirse en otra cosa. La canción cuestiona una sociedad obsesionada con acumular posiciones, prestigio y riqueza mientras pierde de vista aquello que realmente posee valor.

Algo parecido ocurre en "Fast Town", donde el crecimiento urbano termina generando una profunda sensación de desarraigo. La ciudad avanza a una velocidad que deja atrás a quienes todavía buscan un lugar al que pertenecer. El progreso existe, pero no garantiza una comunidad ni una identidad.

Un momento esperanzador

Después de numerosas canciones marcadas por la pérdida, la culpa o la incertidumbre, aparece en “Bitter Pill” una idea diferente. El sufrimiento puede transitarse mejor cuando alguien decide acompañar el dolor del otro. Igualmente, no se trata de eliminar las heridas, sino de impedir que deban enfrentarse en soledad. Esa perspectiva resignifica retrospectivamente todo el disco. Los personajes nunca encuentran una solución definitiva para sus conflictos, pero descubren algo más importante: seguir avanzando en la vida sigue siendo posible.

Lejos de ser una obra sobre héroes felices, Golden Age nos muestra personajes que avanzan entre contradicciones, pérdidas y pequeños momentos de belleza. La edad dorada que propone Spence deBry no pertenece al pasado ni promete un futuro ideal. Es la forma de encontrar un significado mientras el camino continúa.

Por eso las carreteras, el océano, las montañas, el desierto y las ciudades no son simples escenarios: representan una existencia en permanente tránsito. Nadie llega realmente a destino. El verdadero triunfo consiste en aceptar que vivir implica cambiar, equivocarse, amar, perder y seguir caminando. Las cicatrices no nos impiden avanzar, sino que son, precisamente, el mapa para encontrar el siguiente horizonte.