Por Esteban Mauricio Soria
Ivelisse Del Carmen, la cantautora puertorriqueña radicada
en Londres, saca hoy su nuevo single “Mi Sangre Baila”, que fusiona bomba y plena
con los movimientos latinos de reggaetón.
Con una estructura bilingüe que alterna español e inglés, Mi
Sangre Baila reflexiona sobre la experiencia del éxodo, el desarraigo y la
pertenencia cultural. Inspirada por la obra Bomba Celestial del artista
Manny Vega, la canción es un testimonio personal: tras más de dos décadas
viviendo fuera de Puerto Rico, Ivelisse comprendió plenamente su identidad como
parte de la diáspora. Ese descubrimiento resignificó años de distancia,
nostalgia y búsqueda interna.
La letra está cargada de imágenes ancestrales —la caña de
azúcar, el machete, el látigo, la tierra descalza, los tambores— construyen un
mosaico sonoro donde conviven la historia, la memoria personal y colectiva. En
palabras de la propia artista, se trata de “una carta de amor a mis raíces y a
las partes de Puerto Rico que viven en mí, sin importar dónde esté”.
Mi Sangre Baila es una poesía sobre la identidad
puertorriqueña entendida no como una esencia fija, sino como un cuerpo vivo
atravesado por historia, violencia, mestizaje y celebración. Desde su primer
verso, la canción establece una metáfora central que articula todo el discurso:
la sangre como un archivo, ritmo y una herida activa.
El corazón no es un refugio, sino un pozo de fuego—“A pit of
fire as a heart”—: energía, dolor, memoria ardiente. A ese fuego se le suma la imagen
contrapuesta de la “perla de sus aguas”, un símbolo de belleza nacida de la
fricción y el sufrimiento. El ritmo que “fluye por las venas de nuestra tierra”
convierte al cuerpo individual en extensión del territorio: la sangre ya no es
solo biológica, es geográfica e histórica.
El coro condensa uno de los núcleos políticos más fuertes de
la canción. “Por esta sangre corre caña / machete, látigo mezclao” invoca
directamente la economía colonial y la violencia esclavista. La caña de azúcar
no aparece romantizada: viene inseparable del machete y el látigo. Sin embargo,
la letra no se detiene en el trauma histórico, sino que lo integra a un tejido
más amplio: pava, vianda, sal de mar, danza. El dolor convive con la cultura
cotidiana, con la comida, el trabajo y el baile. La repetición de “Mi sangre
baila” no es evasión, sino resistencia: el cuerpo que baila es el cuerpo que
sobrevive.
Los instrumentos tradicionales (tambora, maracas, pandero, güiro, cuatro) no son ornamentos folclóricos, sino extensiones de esa sangre que se expresa rítmicamente. El baile ocurre cerca del suelo, en contacto con la tierra, subrayando una identidad arraigada, no abstracta.
El verso de la “estrella solitaria / entre rojo, azul y
blanco” introduce una lectura crítica de la simbología política. La bandera
aparece como espacio de tensión: un azul que “intenta disfrazarse de oscuro”,
una “libertad condicional” puesta en duda con la pregunta directa en inglés
—“I’m supposed to be thankful for?”—. El cambio de idioma no es casual: señala
la experiencia colonial y diasporizada, donde la identidad se negocia
constantemente entre lenguas y poderes. El rojo, asociado tanto a la sangre como
al amor, ondea “al son de le lo lai”, devolviendo la discusión política al
terreno del canto popular.
Cuando la cantante afirma “Mi sangre baila con bomba y
plena”, el baile se convierte en lenguaje de resistencia cultural. No se trata
solo de cargar el dolor, sino también los triunfos “en nuestra bandera”,
resignificando símbolos que históricamente fueron impuestos o disputados.
El tercer gran bloque lírico profundiza la dimensión
ancestral. Al invocar a los “real OG’s from Boriquén” y nombrar explícitamente
al pueblo taíno, la canción rompe con la narrativa de borramiento. El grito
indígena vive en el viento, los ríos, la lluvia. Ninguna bandera, dios, oro o
arma puede borrar esa presencia. Aquí la letra plantea una espiritualidad
ligada a la naturaleza y al territorio, opuesta a las lógicas de conquista.
Las imágenes cotidianas —canoa, tabaco, yuca, hamaca, ají,
guayaba— funcionan como un inventario afectivo de lo que persiste. No son
reliquias, sino elementos vivos que sostienen una identidad en movimiento. El
huracán y la iguana, lo destructivo y lo resistente, completan una visión del
Caribe como espacio de fuerza, fragilidad y continuidad.
El cierre retoma la imagen inicial del fuego y la sangre,
ahora explicitando su origen: “Blood of slaves runs the veins of who we are”.
La canción no elude la historia colonial; la coloca en el centro del ser
colectivo. El ritmo vuelve a cargar significado, dolor y dificultad, pero ya no
como peso muerto, sino como un pulso en movimiento. Mi Sangre Baila propone
una identidad que acepta sus capas, sus contradicciones y su memoria encarnada.
Una poética de la diáspora que afirma la supervivencia cultural a través del
cuerpo, la música y la palabra. Bailar, aquí, no es escapar: es recordar,
resistir y seguir vivos.
Mi Sangre Baila continúa el recorrido iniciado por
Ivelisse en 2025 con los singles “An Ocean in Between”, “Las Mariposas” y “Sin
Filtro”, y se integra a su universo creativo más amplio, documentado en su Substack
Letters in Melody. Allí, la artista desarrolla reflexiones sobre proceso
creativo, identidad cultural y reconstrucción personal, ejes que también
atraviesan su nueva serie The Art of Rethinking.
Formada como soprano clásica y dueña de una voz expresiva y
flexible, Ivelisse Del Carmen define su estética como “Minimalist Opulence”:
verdades íntimas expresadas a través de arreglos cuidados. Su recorrido vital
—de Nueva York a Bruselas y finalmente Londres— se refleja en una propuesta
musical que rehúye etiquetas y prioriza el desarrollo artístico por sobre el
género.
Lejos de la nostalgia estática, Mi Sangre Baila
propone una identidad en movimiento. Es tradición y transformación, herida y
celebración, cuerpo y memoria, donde lo personal y lo político, lo ancestral y
lo contemporáneo, se funden en un mismo pulso rítmico.



