MINISTERIO DEL AMOR: El deseo como forma de vigilancia
Por Esteban Mauricio Soria
La quinta
canción del álbum Distópico, "Ministerio del amor", nos remite directamente al
universo orwelliano de 1984. En aquella novela, el Ministerio del Amor es
el lugar donde se practica el miedo, la tortura, la manipulación y la
reprogramación afectiva de los ciudadanos de Oceanía hacia el Gran Hermano y
las ideologías del Partido. La visión de Orwell es totalmente sarcástica porque
lo que menos tiene un lugar de amor es un edificio que carece de ventanas, está
rodeado con alambres de púas, tiene puertas de acero y vigilantes armados.
La letra de
la canción se estructura como un flujo que se despliega y se repliega: comienza
con la afirmación de un amor que nos “seduce bien”, pero que termina con la
revelación de su otra cara: “el amor nos hace destruirnos bien”. Ahí está
problematizada la paradoja: el amor, cuando se convierte en un dispositivo de
control, o una rutina mecánica de seducción y entrega, puede convertirse en el
arma más eficiente de manipulación y sometimiento.
“La razón
que te hace regalar tu piel” refuerza la idea de un amor que implica sacrificio,
pero la entrega no garantiza sentido: “y este sol para nada sirve / si no estás
buscando mi voz”. El sol, que es un símbolo vital por excelencia, aparece otra
vez en el álbum ahora reducido a la inutilidad. La búsqueda de sentido está
condicionada al vínculo, un vínculo que parece siempre tambalear porque la
seducción, diría Foucault, es al final un ejercicio de poder: es decir, un
juego de estrategias, de manipulación y persuasión que se utiliza para ejercer
el poder sobre otros.
En este vaivén, la canción trabaja con opuestos que no se resuelven: dar y pedir, fantasía y traición, deseo y vacío. “Tantas cosas sabés dar y pedir de nuevo hoy”. Amar aparece como una danza repetida, donde los roles se intercambian sin salirse nunca del bucle, en un loop que se reproduce continuamente.
La
fidelidad al deseo es lo que instala la distopía —“la traición que nos
depara ser tan fieles al deseo”—: no se puede escapar, ni razonar, ni
negar porque se obedece al deseo como se obedece a una ley y, entonces, el amor
se convierte en una forma de alienación eficaz. Entonces, ante el interrogante
que plantea el final —“¿Cuántas cosas sabés dar sin pedir de nuevo?”—
es pertinente preguntarse: ¿es el amor un acto de libertad? El amor está
presentado como un órgano de Estado, un ministerio invisible que regula,
modela, impone. No es un sentimiento libre porque está regulado por una cultura
aprendida, en un circuito cerrado de seducción, entrega, pérdida y control.
En esta
distopía, el deseo se ha estatalizado, el amor deja de ser humano para volverse
sistema, es una estructura social automatizada, el deseo es una ley sin
escapatoria, y la relación con el otro es un juego de poder que reproduce la
alienación. El Ministerio del amor es un lugar donde amar, en vez de liberar, reproduce
una forma de esclavitud dulce, silenciosa y consentida.

